Béisbol, millones y política

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Por Julio Batista Rodríguez

 

Todo lo que huela a la relación entre Cuba y Estados Unidos de América destila tensión política. El deporte no escapa de este signo. En los últimos cincuenta y cuatro años, y a falta de un conflicto bélico directo entre ambas naciones, el contrapunteo de dos ideologías, de dos posturas, se trasladó al escenario deportivo dejando en medio de la batalla al público y los atletas.

Sumemos a esto que el béisbol es el deporte nacional de los dos países, que los peloteros cubanos por tradición han sido animadores de la Major League Baseball (MLB), que la Gran Carpa es el mercado natural de los antillanos y que -esto es esencial- Cuba no puede competir con los contratos millonarios que ofrecen las franquicias norteñas.

Para sumar tentaciones, los contratos de sólo tres peloteros cubanos en 2013 superaron los 100 millones de dólares, dinero suficiente para realizar casi 50 Series Nacionales en Cuba. Y esa cifra sólo corresponde a los contratos de esos tres nuevos ingresos a las Mayores, a la cual se podrían sumar los contratos de la veintena de cubanos que anclan hoy en las filas de la MLB.

Estas podrían ser algunas de las razones, quizá las más evidentes, para comprender el constante flujo de jugadores cubanos que deciden por diversos motivos enrumbar sus proas hacia el béisbol norteamericano, dejando atrás, entre otras cosas, su condición de ciudadanos cubanos.

Intentemos, por un instante, despojarnos de cualquier cosa que sepamos sobre lo que ha significado el último medio siglo para los cubanos. Tratemos de no pensar -si es posible hacerlo- en las miles de vidas perdidas en el Golfo, en los sueños frustrados de generaciones enteras, en quienes jamás conocieron sus raíces y en quienes no tuvieron el chance de elegir su propio camino. Intentemos, a sabiendas de lo complejo que resulta, distanciarnos del tema, analizarlo fríamente desde una esquina, sin tomar partido.

Al igual que las grandes pinturas murales -que vistas desde cerca parecen inexplicables y es necesario apartarse para apreciarlas a plenitud-, cuando nos alejamos un poco podemos entender mejor toda una historia que se sustenta sobre la base de pequeños relatos de vida.

Seamos francos, la relación de los cubanos con las Grandes Ligas no nació luego del triunfo revolucionario de 1959. Por el contrario, muchos de los mejores peloteros antillanos habían probado su valía en las organizaciones del vecino país, engrandeciendo el nombre propio y el de la tierra que los vio nacer. Lo que vino después es de dominio público.

En febrero de 1961, cuando se aprobó en Cuba la Ley 936, quedó eliminado el deporte profesional en la isla. Se instauraba el ideal amateurista que por años, y basado en la masividad, llevó a la nación a planos estelares. También se renegaba absurdamente de quienes hasta el momento eran dioses para muchos de sus paisanos.

Mientras Cuba derrotaba a equipos amateurs conformados en buena medida por universitarios en los torneos internacionales, la MLB desarrollaba una de las maquinarias económicas más fuertes y estables de la historia del deporte. La calidad se paga, es un axioma de los más acertados que he escuchado. Y la MLB, es un hecho, puede y sabe cómo pagar.

Por su parte, Estados Unidos recrudecía su política de aislamiento contra Cuba. La Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), perteneciente al Departamento de Estado, quedaba encargada de asegurarse de que ningún ciudadano cubano recibiese un centavo en tanto no pudiera demostrar una residencia permanente fuera de Cuba. Por supuesto, a estas medidas tampoco escapó el béisbol.

Por tanto, los jugadores cubanos que desean probar suerte en la Gran Carpa sólo tienen una alternativa: renunciar a su país de origen. Una medida únicamente aplicada a los nacidos en esta isla y que no tiene precedentes en todo el mundo. Mientras, los millones que la MLB paga en contratos son hoy una barrera infranqueable, una propuesta ante la cual Cuba nada puede hacer.

¿Qué hace tan especiales a los jugadores cubanos? ¿Por qué no tienen las mismas posibilidades que el resto de los casi 300 latinos que integran las nóminas de la MLB?

La respuesta es evidente. La política los hace especiales. No sus aptitudes, o la reconocida calidad que poseen. Por desgracia, a los jugadores cubanos los limitan las contradicciones entre los dos gobiernos. Hoy, ante los peloteros se alza un muro legal que, por años, pareció inamovible.

La legalidad nos mata*

Por décadas, las leyes cubanas prohibieron el profesionalismo dentro del deporte, y ello fue usado como excusa para justificar el tratamiento diferenciado de los cubanos en las Grandes Ligas. Mas, desde enero de este 2014 la situación cambió radicalmente con la “puesta en vigor” de la nueva política de remuneración a los atletas y que permite la contratación de estos en ligas extranjeras.

Cuba tardó más de medio siglo, pero dio el complicado primer paso. Con algo tan sencillo como esto dejó sin argumentos legales a quienes sostienen que las ganancias íntegras de los jugadores cubanos irían a engrosar las arcas del gobierno. Como decimos en nuestro país, con un simple movimiento, les pasamos la “papa caliente”.

Sin embargo, y a raíz de la expectativa que generaron tales transformaciones incluso dentro de la misma MLB, la OFAC respondió de manera tajante al asegurar que, aunque respetaba la decisión de Cuba, su política se mantenía invariable. Más claro ni el agua.

Algunos intentos de eliminar estas trabas tienen una referencia en lo ocurrido el 4 de enero de 2005. En esa fecha, el Congresista del Partido Demócrata por Nueva York y delegado por el Bronx, José Serrano, intentó que se discutiera en el Congreso norteamericano un proyecto de ley presentado por él bajo el nombre de H.R.209 Cuba Baseball Diplomacy Act.

Este documento buscaba eliminar las restricciones al otorgamiento de visas a los deportistas cubanos para que jueguen en el béisbol profesional en los Estados Unidos y para el retorno de sus ingresos a Cuba, y así abolir las restricciones que les impiden jugar en territorio norteamericano sin renunciar a su país. Dicho esfuerzo resultó infructuoso.

No es preciso ser un experto en geopolítica para entender las razones. Cuba representa un desafío directo al poderío norteamericano, un mal ejemplo si se quiere ver así. Por lo tanto, las restricciones impuestas a su pueblo deberían servir también de escarmiento. Es una cuestión de fuerza, y de orgullo.

Ya no es una cuestión de deportes, ni siquiera de justificaciones legales: los cubanos pueden ser contratados como cualquier otro jugador en Las Mayores, pero el gobierno norteamericano no dará su brazo a torcer. Es mejor seguir drenando el béisbol cubano, que admitir la derrota en este punto tras 54 años de políticas erradas.

Las conversaciones entre las federaciones deportivas de Cuba y las organizaciones profesionales deberían basarse en el respeto mutuo a las diferencias. Y entender que en las negociaciones los actores deben ceder para poder llegar a un acuerdo que satisfaga a todos, sin ir en detrimento de ninguno de ellos. Específicamente en este caso, dar el primer paso es fundamental.

Por ahora Cuba se robó la arrancada y muestra disposición para sentarse a la mesa, la MLB -sitio en el cual everything is about money- sonrió con complacencia y buscó señas en su esquina sin encontrar respuestas halagadoras. Falta entonces ver qué podrá más: si los millones de la Gran Carpa o los lobbies de poder más reaccionarios dentro de Estados Unidos de América.

Todo indica que mientras el deporte siga mezclándose con extremismos políticos será imposible llegar a acuerdos de cualquier tipo. Ojalá las nuevas generaciones entiendan que la vida no debería emplearse en reverdecer rencores, y que desde el respeto un diálogo siempre es provechoso.
* “Monsieurs, la légalité nous tue” (Señores, la legalidad nos mata), Odilon Barrot.

(Tomado de Cubacontemporanea )

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