Cuba y Fidel Castro: más allá de su cumpleaños 86

Tomado de Cubaencuentro

En lugar de centrarse en un patriarca de 86 años, la comunidad internacional, particularmente en Estados Unidos, debería constatar las tendencias generales en la política y la economía de Cuba, expresa el autor de este artículo

Arturo López-Levy

Independientemente de cuánto tiempo dure su vida, Fidel Castro juega un papel influyente en la formación del discurso político en Cuba. Fidel fue el líder más popular en una generación de cubanos, un gigante político que alcanzó dimensiones mundiales durante la guerra fría y el ascenso del Tercer Mundo en los asuntos internacionales. Como ha dicho el profesor de la Universidad de Harvard, Jorge Domínguez, de haber habido elecciones competitivas en los años 1960, Fidel Castro las hubiese ganado. No tuvo oportunidad. En 1959, en plena guerra fría, EEUU no iba a tolerar un líder nacionalista ni socialista, partidario de políticas que deteriorarían la unanimidad anticomunista del hemisferio. El derrocamiento del gobierno democrático de Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954 y el genocidio que sucedió a la victoria contrarrevolucionaria en ese país es demostración de ello. Si en las revoluciones se cometen abusos y excesos condenables, las contrarrevoluciones son peores.

Como dijo Winston Churchill: “Nada es más emocionante que le disparen a uno sin resultados”.

Castro asumió el reto, usando cuanto medio tuvo a su alcance, democrático o no. Ningún líder cubano ha sido capaz de encantar con su oratoria; llevar entusiasmo a sus seguidores y sembrar pánico en sus enemigos como lo hizo Fidel Castro. Su carisma sin duda fue una importante fuente de legitimidad del Partido Comunista, pero también atrajo a muchos cubanos con sus escritos, ideas y discursos. Sus opositores fueron despojados de propiedades, reprimidos, perseguidos y condenados con toda la saña que desata una revolución y sus contrarios. Una aureola de invencibilidad y genio comenzó a rodearlo.

En el análisis sobre Cuba, un enfoque centrado en Fidel siempre fue insuficiente. Primero, porque las gestas de la revolución no fueron obra fundamentalmente de grandes hombres, sino del pueblo cubano y sus circunstancias. Fueron campesinos, carpinteros, albañiles, médicos, maestros e ingenieros los que derribaron la tiranía de Fulgencio Batista, libraron las batallas en Angola contra las tropas del Apartheid, curado a miles de enfermos por el tercer mundo y resistido las escaseces provocadas por el sesgo anti-mercado de las políticas del Gobierno cubano y el embargo estadounidense contra la soberanía de Cuba. Segundo, porque es imposible rastrear cuánto de las políticas de Fidel fueron el resultado de sus propias opiniones y cuánto sus campañas fueron el resultado de influencias sembradas por los diferentes intereses en la estructura de poder de Cuba.

Dicho esto, es innegable que el estilo de dirigir de Fidel Castro marcó la forma de ejercer el poder en Cuba. Cuando Fidel se comprometía a una política, por sí solo se convertía en la coalición mínima vencedora en el debate de estrategias. La política a nivel de los funcionarios consistía en adivinar y proponer lo que ayudaría a la estrategia de Fidel. Esto limitó la retroalimentación sobre los efectos de las políticas en curso, sus alternativas y los flujos de información del sistema.

El estilo de Fidel casi nunca consistió en dirigir desde atrás, sino en comprometerse de antemano y reclutar seguidores para su línea trazada. Por esta razón el modelo de “Fidel en el timón” terminó cuando él enfermó en 2006. Fidel ya no es la fuerza decisiva en la supervivencia política del Gobierno ni en las discusiones internas del Partido Comunista Cubano. En parte por diseño y, en parte por efecto, la institucionalización del Estado y las reformas económicas propuestas en los “Lineamientos Económicos y Sociales” (Social y orientaciones económicas) del PCC implican un retiro parcial del Estado de importantes espacios sociales y sectores de la economía. El liderazgo y el carisma de Fidel fueron obstáculos cardinales para estos dos procesos. El líder indiscutido de la revolución, que nunca fue un “primo inter pares”, desplegó consistentemente un marcado sesgo contra los mecanismos de mercado, prefiriendo, como buen revolucionario, la agitación y las campañas a la organización metódica de normas e instituciones.

Fidel fue no solo el principal creador de las instituciones de la Cuba posrevolucionaria, sino también el líder carismático que redujo su importancia, ignorándolas según su parecer o inconscientemente. En sus declaraciones, Fidel Castro abogó siempre por el “centralismo democrático” y un “liderazgo colectivo”, no un culto de la personalidad, pero en la práctica, su carisma y forma de gobernar impidieron la institucionalización de un gobierno republicano, con poderes divididos, basado en reglas y leyes. El Gobierno estaba donde Fidel; sus prioridades eran automáticamente las del Estado.

La recientemente aprobada propuesta del PCC de limitar todos los mandatos del Partido y del Estado a un máximo de dos periodos de cinco años era impensable bajo su égida. Cuando el tema se discutió una vez en su presencia, los proponentes temblaron ante su sugerencia de que ellos podían implicar que el mecanismo se aplicara a él.

Una nueva situación

El compromiso de Raúl Castro con las reformas económicas y la institucionalización ha abierto la discusión de nuevas ideas dentro de la estructura de poder y el discurso político, que eran impensables con Fidel al mando. Proposiciones a favor de una ampliación del papel del mercado en la economía cubana, la diversificación de la estructura de propiedad y la ampliación de la función del derecho y las normas en el funcionamiento del Gobierno y el Partido Comunista se discuten abiertamente, y algunas medidas, todavía insuficientes, se han comenzado a implementar.

Esta tendencia no es parte de una transición a una democracia multipartidista, pero encarna un mejoramiento de los flujos de información entre gobernantes y gobernados; avanza los mecanismos de retroalimentación informativa y la expresión de intereses dentro de la sociedad y las élites cubanas. El discurso público está rompiendo la homogeneidad de épocas anteriores, no sólo en las publicaciones de las comunidades religiosas o revistas con orientación reformista como Temas, sino también en las publicaciones asociadas al sistema. Artículos en periódicos y radios en las provincias y hasta Granma, el órgano oficial del Partido Comunista, están hablando de la necesidad de separar el Partido del Gobierno, pidiendo una aceleración de los cambios económicos y el proceso de descentralización y transferencia de poder a las provincias y municipios.

También la proyección internacional está cambiando. Durante el liderazgo de Fidel Castro, especialmente antes de 1989, el PCC se empeñó en promover un orden mundial alternativo. Cuba bajo Fidel, como lo demostró el periodo del presidente Carter, no buscaba acomodos realistas para un nacionalismo viable centrado en el desarrollo económico, sino —para usar la paráfrasis del profesor Jorge Domínguez de Harvard, sobre una expresión idealista de Woodrow Wilson— “un mundo seguro para la revolución”. El internacionalismo solidario entre las fuerzas opuestas al orden hegemónico capitalista, prevaleció sobre el nacionalismo como el principio rector de la política exterior de Cuba.

Ese balance está cambiando. En el reciente discurso de Raúl Castro en Guantánamo el 26 de julio predominaron las narrativas nacionalistas y su uso para resistir las propuestas de democracia representativa como imposición externa, tema en el que las respuestas opositoras aparecen tan perdidas como una vaca con espejuelos oscuros en un cine. El énfasis en la revolución como una solución a una historia de humillación nacional y cuestiones como el crecimiento económico y el orden público emergen con fuerza en el discurso oficial. La lucha contra el embargo de Estados Unidos es el más fuerte factor unificador en la élite y entre el PCC y la población.

Cuando Fidel se enfermó en 2006, el exilio anticastrista en Miami reservó el Orange Bowl para la celebración anticipada de su muerte. En el cono sur de África, donde las tropas cubanas fueron claves aliados en la derrota del Apartheid, los pueblos y líderes de Sudáfrica, Namibia y Angola inmediatamente expresaron pesar. ¿Qué pasaría en Cuba cuando muera Fidel Castro? Un funeral. La muerte de Fidel Castro acelerará los procesos de reforma económica y la institucionalización, pero es importante no exagerar su impacto actual en la formulación de políticas de Cuba. Él es un ex jefe de estado, acomodado a la condición de patriarca de la izquierda radical latinoamericana. La historia de los últimos cinco años ha probado que todos los que pronosticaron un colapso del régimen cubano en la ausencia de Fidel Castro en la cúspide, e incluso recomendaron políticas basadas en esa premisa, se equivocaron.

Fidel Castro no es Cuba. En lugar de centrarse en un patriarca de 86 años, la comunidad internacional, particularmente en Estados Unidos, debería constatar las tendencias generales en la política y la economía de Cuba. Los procesos de liberalización, institucionalización y conversión hacia una economía mixta tienen importantes implicaciones políticas democratizadoras pues abren puertas a una mayor diversificación y autonomía de la sociedad civil.

En la acción de los factores externos hacia Cuba es importante considerar que la promoción de una economía mixta y la liberalización de su sistema político no son metas reñidas entre sí. Por el contrario se complementan. Aun así, hay momentos en que dilemas aparecen entre esos objetivos en el corto y mediano plazo. Desde una perspectiva realista de política exterior, la prioridad debe ser apoyar la liberalización económica y social (por ejemplo la reforma migratoria) evitando interferencias políticas de mano pesada. El centro de cualquier denuncia debe estar en acrecentar la posibilidad de que los beneficios de la nueva economía lleguen a la franja creciente de pobres y en aumentar la transparencia en el manejo de los bienes públicos. Priorizar elecciones multipartidistas y reclamaciones de propiedades es comenzar irresponsablemente por el final.

Una cuestión central es si las reformas económicas de Raúl Castro pueden alterar la dinámica política y la distribución del poder no solo en Cuba sino en la comunidad cubana de Estados Unidos y el debate sobre el embargo. ¿Qué pasaría si una oposición leal recoge el guante lanzado por Ricardo Alarcón sobre las posibilidades de competir dentro del sistema y comienzan a postularse en las elecciones del Poder Popular? ¿Con qué proporciones se dividiría la comunidad cubano-americana en torno a las sanciones si las reformas económicas y migratorias flexibilizan la posibilidad de retorno a la Isla y la inversión de cubanos residentes en el exterior como parte de los nuevos procesos?

Si ningún otro factor cambia, una economía cubana orientada al mercado, con un vibrante sector no estatal, crearía un círculo virtuoso de ampliación de libertades y posibilidades de viabilidad económica, fortaleciendo las presiones para eliminar las sanciones de EEUU. Tal paso fortalecería el apetito para más aperturas en Cuba. Vale la pena notar que la antipatía generada por Fidel entre algunos segmentos del público estadounidense y la comunidad cubana de Estados Unidos no es transferible a ningún otro líder, ni siquiera a su hermano Raúl. Es un regalo que Fidel Castro nos dejó en su cumpleaños 86.
 

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