EN EL MUNDO SIN SER DEL MUNDO

OPINIÓN

por Orlando Márquez

EN EL MUNDO SIN SER DEL MUNDO

Desde hace meses, años sería mejor decir, los ataques sistemáticos contra la Iglesia en Cuba se enfocan usualmente sobre el arzobispo de La Habana. No me refiero a desacuerdos sobre posturas determinadas ante cuestiones sociales que afectan a más de uno y, por el mismo hecho, generan las más variadas interpretaciones. Hablo de aquello que refleja el placer por el insulto, la ofensa como arma que intenta desprestigiar, la complacencia en la irracionalidad descalificadora y, tal vez lo peor, la actitud despersonalizada de quienes repiten de modo inconsulto las afirmaciones irresponsables y bien calculadas de otros, sabedores estos últimos del exitoso ataque que surge de una elaborada manipulación mediática de los sentimientos humanos.

No faltan tampoco –no podrían faltar en modo alguno– los “análisis de los expertos”, aquellos que desde el riesgo y la especulación se hicieron de un nombre, hueco ya de contenido y sustentado solo en la forma, para afirmar sin sonrojo que lo conocen todo y, por tanto, pueden cuestionar todo y continuar sus predicciones, aunque la realidad los desmienta una y otra vez.

Pero creo es oportuno hacer desde aquí un comentario sobre estos ataques más recientes, que parten de un comentario del cardenal Jaime Ortega hecho en Boston el pasado mes de abril sobre las personas que ocuparon el Santuario de Nuestra Señora de la Caridad del 13 al 15 de marzo pasados. Tengo la convicción de que el blanco de tanta furia y saña –aunque lo ignoren muchos de quienes han participado solo como repetidores de un discurso descalificador para poder ocupar así algún rincón del escenario– está más allá de la visible figura de uno o varios obispos cubanos. Cuba vive un momento clave de su historia, y distintas fuerzas –dentro y fuera de la Isla– han comenzado a desplegar sus arsenales.

La “joya” de estos insultos a nuestro arzobispo fue un “editorial” de la emisora Radio Martí, de la Oficina de Transmisiones a Cuba del Departamento de Estado de los Estados Unidos. Aquellas líneas, firmadas por el director de la emisora y retiradas del sitio digital oficial poco después de su difusión, eran la muestra de la negación más soez del periodismo, prolongación de otras diatribas, escritos y declaraciones que se habían sucedido por semanas en medios con cierto influjo –principalmente– en comunidades de cubanos residentes fuera de Cuba, ataques y escritos comparables únicamente con la violencia y vulgaridad antiperiodísticas que vimos en los medios nacionales cubanos entre septiembre y octubre del año 1993, después de la publicación de la carta pastoral “El Amor todo lo espera”. Curiosa coincidencia. Pero con el “editorial”, la emisora coronaba su ciclo, pues fue precisamente una periodista de esa emisora quien sesgó la respuesta del cardenal Ortega a un joven, durante un conversatorio que tuvo lugar en el Centro David Rockefeller para Estudios Latinoamericanos de Cambridge, Harvard, el pasado 24 de abril, lo que dio origen a los ataques y críticas.

Pero ¿qué dijo el cardenal y qué no dijeron los medios de comunicación sobre el comentario del cardenal? El joven, después de agradecer al cardenal por haber dedicado “toda su vida casi, a favor del pueblo cubano, de la Iglesia cubana”, preguntó si la Iglesia seguía siendo voz de los oprimidos y menos afortunados dentro de Cuba, y se refirió a los “trece disidentes que fueron sacados a la fuerza de una iglesia cubana”. Parte de la respuesta del cardenal es esta: Sí, la iglesia era de La Habana y no fueron sacados a la fuerza. Ellos eran un grupo –me apena mucho pero…–, todos eran antiguos delincuentes, personas… Había un ex preso cubano que había sido devuelto a Cuba, había estado seis años aquí en la cárcel preso y fue de las personas, dijéramos, excluibles, que fueron mandados a Cuba. Había toda una gente allí, sin nivel cultural, algunos con trastornos sicológicos. Hay unos grupos que dañan mucho a cualquier tipo de oposición o disidencia, que se han ido creando hasta un número indeterminado y esos grupos buscan muchas veces poder abandonar el país, tener una condición de refugiados, etc. Esto fue organizado por un grupo desde Miami y al mismo tiempo fueron a varias iglesias… (El destaque en negritas es mío).

Es bueno entender el contexto. Fue un conversatorio con un grupo de estudiantes y profesores, no una rueda de prensa, aunque una periodista –sin identificarse ni hacer preguntas durante la sesión– extrae y divulga dos oraciones útiles para desatar la furia de algunos; fue además una aclaración – ¿innecesaria? – para quienes hablan de “sacados a la fuerza”; una distinción – ¿también innecesaria? – entre los diferentes componentes de la disidencia u oposición en Cuba. “Organizado en Miami” se refiere a que el jefe de este grupo reside en esa ciudad. Lo de “fueron a varias iglesias”, indica la estrategia que se siguió, de ocupar simultáneamente varios templos católicos, si bien en aquellos (en Pinar del Río, Las Tunas y Holguín) se actuó a tiempo y con decisión para impedirlo, lo que no ocurrió en La Habana, y ya conocemos el resultado.

En meses anteriores hubo intentos similares en otras iglesias del país, incluso en el mismo arzobispado de La Habana, pero fueron abortados a tiempo. La gente sabe que la Iglesia ofrece a todos una oportunidad de ser escuchados. Decenas de cartas de presos –por causas comunes o políticas– de todo el país son remitidas cada semana al cardenal Ortega pidiendo su intercesión ante las autoridades para lograr un alivio a su situación. Fue en la arquidiócesis de La Habana que gobierna el cardenal Ortega, en la iglesia de Santa Rita, donde se inició la acción pública de las Damas de Blanco. La Iglesia inició un diálogo de interés social con las autoridades del país –solicitado desde décadas atrás– que contribuyó a la excarcelación de más de 120 presos entre julio de 2010 y marzo de 2011, y que debería continuar y dar más frutos para todos, también en otros órdenes. Desde la Iglesia, y desde hace años, se ha pedido que todos los interesados en los destinos del país, piensen como piensen, tengan un espacio de participación en el presente y futuro de la nación, el que les corresponde como ciudadanos… Pero a pesar de esto, pareciera que los “indignados” cubanos consideran que el mejor lugar para impulsar un movimiento de ocupación son precisamente los templos de la Iglesia católica. ¿Por qué aceptarlo? Cada ciudadano debe tener un espacio para ejercer sus derechos, espacio que falta en Cuba, pero no debe olvidar el deber de respetar el derecho de otros.

Quienes deseen dar lecciones morales y cristianas tienen derecho a saber más: Cuando algunos de los repudiados de hoy eran “repudiadores” ayer, ya la Iglesia se oponía a tales actos bárbaros, incivilizados e inhumanos. Cuando varios de los que ensanchan hoy los insultos contra el cardenal Ortega eran simples escolares que ensanchaban las venas del cuello para repetir el lema pioneril cada mañana, ya el arzobispo de La Habana defendía a puertas cerradas y abiertas el derecho de los padres a la educación de los hijos, anterior a la potestad del Estado. Cuando la Iglesia era mucho más débil y a las misas acudíamos solo una o dos decenas de fieles, el recién estrenado arzobispo Ortega se negó a enviar fuera del país a los curas “incómodos” y a entregar templos que el gobierno “necesitaba”. Cuando algunas de las más irrespetuosas mentes que insultan desde el exterior eran solo ignorantes jóvenes de la realidad cubana en universidades de elección, ya el arzobispo Ortega alzaba en Cuba la voz contra el hundimiento del remolcador 13 de Marzo frente a las costas de La Habana, en julio de 1994, donde murieron decenas de personas y demandaba un esclarecimiento de los hechos. Quienes conforman hoy nuevos y “aguerridos colectivos” de católicos y atacan y esparcen rumores contra el pastor de los habaneros, deberían saber, o recordar, que fue el cardenal Ortega quien rechazó rápida y públicamente la acusación que lanzara el entonces presidente Fidel Castro contra el ya fallecido arzobispo de Santiago de Cuba, monseñor Pedro Meurice, en noviembre 1999 –tuve el privilegio de ver la nota posterior que enviara monseñor Meurice desde Madrid y que decía más o menos: Jaime, gracias. Pocas veces he sentido la Iglesia tan cerca. Tu hermano, Pedro. Y pudiera añadirse más…

Pero quienes lanzan ataques probablemente no oirán ni verán, por una simple razón: el cardenal arzobispo de La Habana es la figura más visible del diálogo Iglesia-Gobierno. Quienes repudian el diálogo continuarán abriendo fuego, porque esa es la misión: bombardear todo intento de  entendimiento que incluya verdaderamente a todos. La postura del cardenal Ortega, y la de la Iglesia, es la misma de Benedicto XVI: procurar la transformación de la sociedad hacia más inclusión, más oportunidades ciudadanas, menos restricciones y más libertades, la búsqueda de nuevos modelos sociales con paciencia y sin traumatismos, sin que nadie quede excluido. ¿Por qué? La respuesta no es tan complicada: la alternativa al diálogo y a la transformación gradual, es sencillamente la confrontación y la transformación radical, una experiencia similar a la de 1959, de la cual arrastramos aún las consecuencias, solo que ahora sería de signo distinto.

La Iglesia no puede hoy denunciar un diálogo que buscó y procuró durante mucho tiempo, cuyo propósito siempre fue el bien social, antes que la recuperación de bienes expropiados o privilegios pastorales. Aún sin saber hasta dónde puede avanzar ese diálogo, debe continuar el empeño, procurando siempre su crecimiento cualitativo y buscando altos propósitos que beneficien a todos, sin ánimos de reemplazar a nadie. La Iglesia tampoco puede denunciar una reforma por mucho tiempo igualmente solicitada y esperada, y debe más bien estimularla y animar su continuidad y extensión. Y todo ello sin perder su independencia e identidad propias, sin callar su Verdad, procurando escuchar a todos y dialogar con todos, consolando y ayudando del mejor modo posible a quienes la necesiten. Porque esa es su misión, eso es estar en el mundo sin ser del mundo, aunque no cesen los ataques, los insultos y las amenazas de los mismos que pueden beneficiarse de sus esfuerzos, y aunque callen los que pudieran hablar.

La Iglesia no se mueve al son de los ratings, ni según los devaneos de los patrones de popularidad. No lo hizo antes en Cuba, no debe hacerlo ahora, no deberá hacerlo mañana. Se trata del “no conformismo cristiano” ante un mundo que ensalza las apariencias e ignora la verdad, del que hablara el Papa Benedicto XVI a los seminaristas de Roma en días pasados: “No queremos siempre ‘ser conformados’, alabados; no queremos la apariencia sino la verdad, y esto nos da la libertad, la verdadera libertad cristiana: el librarse de esta necesidad de agradar, de hablar como la masa cree que debería ser, y tener la libertad de la verdad, y así recrear el mundo de una manera que no se vea oprimido por la opinión, por la apariencia que ya no deja aflorar la realidad misma…” Ante la aplastante opinión de la mayoría de los habitantes de Jerusalén que le despreciaron y condenaron a muerte, si Jesús hubiera actuado como ellos querían, el mundo hubiera sido muy distinto.

 

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